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Cinco años sin Soraya Jiménez, la mujer que, simplemente, lo logró…

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FOTO DE INTERNET

ace cinco años murió Soraya Jiménez Mendívil: el 28 de marzo de 2013, la mujer que se conquistó a sí misma y que con su medalla de oro en Sidney hizo vibrar a una nación, nos dijo adiós, pero quienes la conocimos, la recordaremos así, por siempre:

Una pregunta entre todas sorprende a Soraya Jiménez.

Está ante un auditorio de periodistas, ha ganado la medalla de oro, la primera de una mujer mexicana. Ha estremecido al país; enloqueció a un centenar de compatriotas que ondeaba banderas y gritaba ante cada uno de sus levantamientos. Escucha:

–¿Sabe usted, señorita, la trascendencia de lo que acaba de realizar?

Mira la deportista hacia la parte alta del salón. Fotógrafos. Flashazos. En perfecta sincronía cámaras de televisión siguiendo en vivo cada uno de sus movimientos. Tras un breve silencio, su expresión se vuelve infantil ante lo honesto de la respuesta.

–No. No me he detenido a pensar…

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Lo hará, minutos más tarde, cuando la euforia se vuelve sinrazón e inicia abruptamente su ingreso a la inmortalidad histórica, a la gloria deportiva, a la pleitesía de una nación entera. Cuando se sucede esto:

No avanza entre la pequeña multitud que la acoge con vehemencia; el espacio se reduce a cada paso hasta hacerla detener. El auditorio para mil personas lucía vacío, hacía unos instantes: un puñado de reporteros cuestionando lo que parecía tan sólo una conferencia de prensa. Peero el acoso sobrepasa los límites tras la última pregunta formal: entre dos grupos se disputan sus primeras palabras, la exclusiva, palabras de oro que preceden al clamor. La pequeña multitud se sumergue en la desmesura y el acoso a la campeona se vuelve violento Trata Soraya de evadirlos, se arropa con una de las reporteras, amiga también, que ráuda busca una salida.

La de emergencia está clausurada; intentan huir, pero…

Medalla de oro.

Está atrapada y se estalla su impotencia. Llora Soraya, aquí, en el Centro de Convenciones de Sydney, acorralada por la voracidad de los comunicadores, la noche del lunes 18 de septiembre de 2000, porque el camino se le oscurece: en esta parte no hay luz y los pasillos se vuelven lúgubres reductos. Solloza porque la salida está tapiada y debe volver, enfrentar a ese electrónico monstruo informativo cuyos representantes se insultan, jalonean, reclaman derechos y pierden compostura. Y ella lo único que quiere es aire fresco.

Está atrapada.

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Pero hay negociaciones, los bandos ceden y los hombres de la televisión otorgan; la calma vuelve. Cada productor demandaba la transmisión de la primera entrevista de Soraya como mujer leyenda.

Cumple los compromisos contraídos Soraya. Habla. Y ya: libre al fin.

Respira profundo la campeona en la Bahía; es noche, los mexicanos que estremecieron con el Himno Nacional y la figura de la mexicana a lo alto del podio, cantan al México quince mil kilómetros distante y ondean banderas con ese orgullo que pocos habían saboreado y que causa expectación entre los turistas a la búsqueda de algo de cenar:

¿Mexicana y medallista? -preguntan en todo idioma.

Oro.

Reposa el cuerpo inanimado. Dialogan los médicos; analizan los forenses.

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Soraya Jiménez:

–Cuando estuve en la universidad tuvimos la oportunidad de ir, varias veces, a ver a los muertos, acompañando a los forenses; de estar ahí, viendo cómo trabajan, qué hacen. Y me gustó. ¡Me gustó mucho! Platicando uno de ellos me decía: “La gente piensa que nos volvemos muy fríos, que esto, que lo otro, pero eso no es cierto…” Y me empezó a llamar la atención. Dije, “me interesa”: sobre todo porque abogados penalistas hay muchos, muchísimos. Y deduje, no, derecho forense realmente es una carrera relativamente nueva. Mucha gente no se va con ese tipo de especialización…

Sonríe la atleta meses después. Rememora. Delinea en algunos trazos los caminos por los que ha transitado en los últimos años. Ternura convertida en fuerza arrolladora.

Alguna vez le tocó el difícil papel de convivir, con-morir con un cadáver. Tocarlo. Mirarlo fijamente y preguntarse los porqués de esa historia que ahí acababa. ¿Qué sintió?

–Miedo, al principio -tiritan en sus labios las palabras. Sonríe, divertida– Sí al principio sentía miedo. Decía “Dios mío, qué es esto, qué hago yo aquí… pero cuando me fui acostumbrando a las imágenes, a lo fétido de ese olor, y a todo eso me di cuenta de qué estamos hechos: vi el cuerpo humano por dentro.

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Con información de excelsior.com.mx

 

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